Demos las gracias porque como decía mi abuela, no sabemos de la misa ni la mitad.
Erase una vez un rey que tomó como consejero a un joven monje a quien se le había muerto su maestro espiritual. En el entierro del maestro fallecido el rey oyó al monje susurrar varias veces, 'doy gracias por estos hechos'.
